Opinion

Las gárgolas y Cuasimodo están de luto



Macroplaza

Por: Mónica Hernández-Roa

Perder Notre Dame en París es tan trágico, como lo sería perder La Pirámide del Sol en México.


En cuanto a belleza arquitectónica, podría comparar a “Nuestra Señora de París” -como la llamaba el escritor francés Victor Hugo- con el Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México.

En monumentalidad e impacto urbanístico y arquitectónico definitivamente era tan grande y espectacular como lo es nuestra Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, tanto por dentro como por fuera, las dos.

Pero como un monumento iconográfico, Notre Dame representaba, junto con la Torre Eiffel, la "Marca Registrada" vitalicia de París, de la Francia misma;  así como lo es para México nuestra impresionante Pirámide del Sol en Teotihuacán o como el Ángel de la Independencia, ubicado éste último en el Paseo de la Reforma, en nuestra ciudad capital.

¿Cómo y cuánto impacta a un país, perder uno de sus íconos que es la base o la representación física de un nacionalismo o patriotismo acendrado? Yo creo que definitivamente mucho.

Nunca he experimentado la pérdida de un patrimonio nacional en físico, tan grande, tan representativo, tan excepcional y visitado por más de 30 millones de personas al año. Y además, ¡tan viejo! ¡Tan antiguo! ¡Y con tanta historia en sus muros por contar!

Es triste lo que está viviendo Francia y los franceses. El incendio de Nuestra Señora de París, Notre Dame, es una pérdida terrible para su pueblo. Independientemente de que además, se trata del máximo símbolo católico  en Francia, donde se veneraba a la Virgen María y justo en estos días de Semana Santa…

Sí, la moral de los franceses, seguramente se encuentra por los suelos, justo a donde fue a parar el excepcional techo “cruzado” o “tejido” que Notre Dame tenía desde hace cientos de años y que era tan sin igual en todo el mundo.

Haciendo memoria, creo que sí he experimentado este sentido de pérdida de un patrimonio nacional, bueno, con el terremoto del 85, hubo tantos edificios colapsados y tantísimos muertos que, sí, a la fecha cuando paso por Tlatelolco y por donde alguna vez estuvo el Hotel Regis, a un costado de la Alameda Central, me es muy difícil no sentir esa pérdida. Y vaya que no eran monumentos nacionales, pero sí, es como si pareciera que la muerte se quedó rondando desde 1985 por ahí…

Y si me esfuerzo un poquito más haciendo memoria, creo que sí experimenté alguna vez este sentido de pérdida, de pertenencia, aquella vez cuando robaron el Museo Nacional de Antropología e Historia, una Navidad del 25 de diciembre de 1985; ahí sí, me dio tanto coraje que hasta lloré y anduve enojada por muchos, muchos días. Porque no podía creer que nuestros tesoros prehispánicos no hayasen sido bien protegidos por nadie. De veras que estaba muy enojada. O como cuando se quemó la Cineteca Nacional, en marzo de 1982, perdiéndose con ello el 90 por ciento de nuestro acervo y archivo fílmico tanto mexicano como extranjero de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Cuando tuvimos esas pérdidas en México, el robo y el incendio de la Cineteca, más que dolor –que sí dolía, carajo- fue el enojo por saber que en mi país nadie cuidaba los vestigios de nuestra historia y el patrimonio de nuestra nación.

Hoy los franceses han sufrido el incendio de Notre Dame, histórico, terrible, devastador.

Pero sé que de las cenizas se levantarán y reconstruirán este maravilloso testigo silencioso del paso del tiempo, y el cual posee una historia estupenda, grandiosa, y digna de contar. Como la coronación de Napoleón Bonaparte, o la beatificación de Juana de Arco.


LA NOTRE DAME CRISTIANA
Grupos celtas, de herencia romana, se expandieron por la Europa peninsular hacia España y Francia. De los años 200 al 500 d.C., estos grupos celebraban ceremonias al aire libre, sí, ahí, donde hasta hoy se postraba la iglesia de Notre Dame, junto al Río Sena.

Cabe mencionar que estas tribus de celtas no eran partidarias de hacer ceremonias en templos ni de dejar por escrito su historia. No levantaban construcciones como las conocemos hoy en día. No eran fervientes de imágenes, ni eran partidarios de erigir ídolos para su adoración.

Pero, cuando el Imperio Romano –ya cristiano- se extendió por prácticamente medio mundo antiguo –mucho antes de que Cristóbal Colón descubriera “la otra mitad del mundo”- en la época medieval los romanos llegaron a Europa trayendo consigo la nueva fe cristiana partir del año 500 de nuestra era.

Y fue ahí, junto al Río Sena, quedando como las bases más antiguas de Notre Dame, donde se erigió el primer templo románico para la adoración de imágenes e ídolos religiosos impuestos por la Iglesia Católica que también comenzaba a levantar sus muros en Roma; lo que hoy conocemos como San Pedro, en el Vaticano.

Los cambios arquitectónicos que se llevaron a cabo en Notre Dame durante varios siglos, fueron reemplazando los estilos y materiales para su construcción. Los franceses fueron agrandando su templo con el paso de los años, tanto como fue agrandando su poder la Iglesia Católica en el mundo.

Y así, Nuestra Señora de París pasó del románico al gótico, quedando como una de las principales obras monumentales del mundo en este Arte, y conservándose, hasta hoy, hasta hace unas horas, los materiales y el estilo de construcción utilizados desde el siglo XI, los cuales habían subsistido y se habían salvado por más de mil años, incluyendo varias invasiones de hunos, merovingios, carolingios, árabes, musulmanes, cuatro revoluciones, un golpe de estado, una casi guerra civil y dos guerras mundiales, hasta el incendio de hoy.

Los parisienses están de luto. Los franceses y los amantes del arte y la historia, también lo estamos. Pero tengo la firme certeza que de esta tragedia se levantarán y reconstruirán su magnánima iglesia y majestuosa construcción de la que nos enamoramos más cuando leímos sobre un tal personaje llamado “El Jorobado de Notre Dame”.

Lo único que esperamos los historiadores es que, aunque se hayan perdido los materiales originales, se renovarán con materiales más fuertes, más perdurables, respetando –esperamos- la arquitectura interna y externa del extraordinario templo gótico y desde luego, toda esa simbología que atrajo a tantos millones de personas a lo largo de estos mil años: las gárgolas, los vitrales y los rosetones.

Las noticias informan de último minuto que una de las torres ha colapsado. Estiman que la reconstrucción total de Notre Dame pudiera sobrepasar los 900 millones de dólares. Los que sabemos de arte y de patrimonio, no ponemos duda en ello.

Los parisienses tienen una ardua tarea por delante: reconstruir uno de sus símbolos más preciados. Para nosotros representa una herencia milenaria para la humanidad.

Son cosas que hay que programar, posiblemente los franceses ocupen por lo menos tres o cuatro décadas para la reconstrucción de su más estimada vigía de su bella ciudad: la monumental Nuestra Señora de París.

Sin Notre Dame, no puede haber Cuasimodo. No puede haber gárgolas, ni historia, ni vitrales, ni muros medievales.

Sin Notre Dame, no puede haber París.

Ánimo, parisienses, reconstruyan su historia, su patria, su pedazo de nación. Es suya, sí, pero nos fue heredada a toda la humanidad.

Es responsabilidad de todos dejarla nuevamente de pie, para los que vendrán y escribirán la nueva historia de la única y extraordinaria Notre Dame: la Notre Dame de París.

 
*La autora es Licenciada en Periodismo por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Tiene estudios de posgrado en Historia del Arte, Historia y Literatura en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. Está certificada por el Conaculta-SEP-Instituto Nacional de Bellas Artes como Promotora Cultural Binacional.
 



Autor: Staff Ahora noticias